Parece que las bibliotecas públicas y especializadas empiezan a estar presentes en las grandes redes sociales de Internet. Llegan con un poco de retraso, todo hay que decirlo, porque hace años que estos sitios web son los más frecuentados y utilizados por los usuarios españoles, pero llegan, que al fin y al cabo es lo importante.
Así las cosas, aunque la 'socialización digital' de las bibliotecas es una buena noticia, es necesario en momentos como este, momentos de grandes cambios en el sino de nuestra profesión, parar cinco minutos y hacer un poco de autocrítica: analizar si estamos haciendo bien las cosas y ver cómo podemos mejorar.
Leí no hace mucho en el blog de Amanda Marín que es esencial estudiar en qué redes sociales deben estar presentes las bibliotecas. Quisiera añadir que es una reflexión que hay que hacer antes de desembarcar, no cuando ya tenemos montado el chiringuito. Aunque se agradece y es sumamente importante el ímpetu y el esfuerzo de los bibliotecarios que han impulsado la creación de perfiles de Twitter y páginas de Facebook, no hay que olvidar que estas cosas hay que hacerlas en base a unos criterios y con una buena planificación en mano.
La decisión de la red social tiene que tomarse con el usuario en mente. Hay que tener en cuenta en todo momento cuál es el objetivo al que queremos dirigirnos y no actuar según nuestras propias preferencias. Es muy fácil caer en la equivocación de pensar en nosotros mismos cuando pensamos en nuestros usuarios. Nosotros somos profesionales de la información y hacemos un uso muy específico —y seguramente distinto— de las redes sociales. Donde esté el usuario, allí deberá estar la biblioteca.
La siguiente cuestión que debemos plantearnos es qué queremos transmitir a los usuarios. Las bibliotecas generan mucha información pero no siempre es relevante para el usuario final y no siempre interesa a todos de la misma forma. Grupos de lectura, nuevas adquisiciones, noticias locales, servicios, eventos... Hay que intentar encontrar un equilibrio entre todo ello para no saturar de información a nuestros usuarios.
Igual de importante es definir el lenguaje y el estilo de las comunicaciones. Por ejemplo, en comunidades bilingües está el bendito problema del idioma, la duda de si hay que publicar en un solo idioma o en los dos, duplicando mensajes y publicaciones. También hay que valorar el grado de formalismo de los mensajes. Yo abogo por escoger un estilo informal, próximo a los usuarios, que invite a participar, pues al fin y al cabo el objetivo es socializar con el público, intercambiar información, pero dependerá enormemente del tipo de biblioteca. No es lo mismo una biblioteca pública que una universitaria.
También hay que evitar transcribir literalmente los títulos de las noticias o publicar mensajes en plan robot. La gente no lee este tipo de información. Hay que fomentar la participación y contestar a todos los usuarios que pregunten o hagan comentarios dirigidos a la biblioteca. Copiar títulos de un blog y poner enlaces lo puede hacer cualquiera, nosotros como profesionales de la información tenemos que ir un poco más allá. Es primordial pensar un poco antes de dar al botón de "enviar", revisar la ortografía, evitar repetir frases y palabras. Un ejemplo cojonudo de lo que se puede llegar a conseguir es el twitter del Ajuntament de Vilassar de Mar.
Luego también es muy importante que todo lo anterior esté redactado en un documento accesible por todos los bibliotecarios que publiquen mensajes y contenidos en las redes sociales, para evitar que cada uno ponga las cosas a su manera sin tener en cuenta la política general de la biblioteca.
En fin, como veis, son muchas cosas a tener en cuenta. El mensaje que quiero transmitir es que no podemos hacerlo todo en base a nuestro sentido común y mucho menos en base a nuestra intuición, porque de lo contrario la imagen pública y digital de la biblioteca, así como la de los bibliotecarios como colectivo, se resentirá.